sábado, 19 de mayo de 2012

Poema


[A la busca de qué]*

A la busca de qué…
recopilando ranas
metafóricas ranas
batracias de la forma
que nos viene a decir: aquí
se da el poema
            en el verde
en la textura aérea y policroma
del faisán

(—pájaro es el que vuela
—volar no puede
            No pudo nunca la verdísima
rana en el acuario)

o escribir de un señor que se muere
de andar
de sólo caminar en tránsita avenida
un Prufrock sin espinas
domesticado en nada
            muere
global
de helio va flotando
sin palabras
            un señor que camina
sin escuchar las voces de la loca
que se refocilaba en Soria
(—en Ávila, dirás
                                   —qué importa mientras dure el deseo
                                   de la forma:
                                                           tonada mata geografía
                                    —Historia para qué
                        fragmentos)

o del balar doméstico
            parodia:
por dios
             Irreverencia 
que no hay Ponto
ni Gea
sólo un juan de su madre sin mayúsculas
Al trote de bufones de feria
intertextualidad
conciencia
de la nada que hay

—¡Atrás!
pedías con cadencias de lírico:
la piedra es sólo el corazón
de lo que hubo primero
                                   El compás va después
cantando la melodía del plano que se afana
en fundar lo que en principio
hubo…
o

Escribe con la lengua
que te sea familiar:

*Publicado originalmente en Literal. Latin American Voices

domingo, 13 de mayo de 2012

Celebrando a (con) Nacho Helguera

Este 10 de mayo pasado, como todos desde hace casi una década, amanecí pensando en Nacho Helguera. Había decidido escribirle algo, decirle que extrañaba su largo fleco caído, la forma en que bailaba un "mambo desordenado", su humor corrosivo o tantas otras cosas que no pude decirle en la breve estampa que le escribí hace algunos años, cuando el forzado encierro a que nos obligó el virus H1N1 desencadenó esa historia que, estoy segura, no fue obra del azar.

Entonces no había leído los textos del hermoso libro que sus amigos amorosamente recogieron y editaron. De cómo no fui el hombre de la década y otras decepciones (Tumbona Ediciones, 2010) me devolvió la estampa más viva de mi amigo y entre risas y lágrimas recordé aquella mudanza terrible, de cuyas consecuencias nos exime generosamente a David y a mí, cuando buscamos un sitio donde pudiera vivir de forma temporal. 

Este 10 de mayo pensaba recordar el poema que tanto me gustó y que abrió las páginas del número 2 de Paréntesis. Busqué inútilmente la portada de la revista en Internet, y al fracasar decidí tomar una fotografía de su "Globo", pero mis capacidades fotográficas son nulas, como puede advertirse, y así pasó el día y no lo hice.

     GLOBO
     Luis Ignacio Helguera

     Alta nos queda la felicidad
     fin último del hombre según Aristóteles.
     Alta nos queda
     rara vez la alcanzamos
     pero a veces
     en forma burlona de globo
     desciende sobre nuestras pobres cabezas 
     y sentimos su suavidad
     electrizarnos el pelo
     y asimos su hilo
     y acariciamos su liviandad oval
     y paseamos por el parque del mundo
     con nuestro globo
     y reímos como idiotas
     ebrios de felicidad
     hasta que nos parece ordinario, aburrido, soso
     pasear como idiotas con un globo por el mundo
     y la mano pierde el hilo
     y el globo vuela angustiosamente
     como hacia un precipicio
     hacia el infinito.



Anoche, mientras veía la televisión, la barra de noticias deportivas me hizo un guiño. Después de una década, el equipo León  -el favorito de Nacho- volvió a la primera división, después de golear 5-0 a su oponente.

lunes, 2 de abril de 2012

Presentación de Viaje de Vuelta y Plural en la cultura literaria y política latinoamericana


Evocan la aventura intelectual de Paz
Por
Érika P. Buzio
Reforma

(28-Mar-2012).-Las revistas Plural Vuelta, animadas por Octavio Paz, fueron un "milagro" de la cultura libre, una aventura que tuvo sus aciertos y sus errores, dijo el historiador Enrique Krauze.



En esas dos revistas, cuya existencia abarcó casi tres décadas, de 1971 a 1998 -hasta la muerte de Octavio Paz-, se puede ver reflejada de manera crítica buena parte de la historia literaria, política e intelectual de México, América Latina y el mundo.

"Se trata de dos revistas mexicanas que practicaron la cultura libre (...) que no ocurre en las aulas, no ocurre en las oficinas burocráticas o académicas, ocurre entre el creador y el público", dijo Krauze durante la presentación de Viaje de Vuelta, de Malva Flores, y Plural en la cultura literaria y política latinoamericana, de John King, publicados por el Fondo de Cultura Económica (FCE).

Adolfo Castañón, corrector de Plural y colaborador de Vuelta, se refirió a la revolución cultural que significó su aparición: "Para usar palabras de Gabriel Zaid (fue) un milagro de la sensibilidad literaria y artística que marca un momento de madurez y de plenitud que alcanzó Octavio Paz y su grupo".

Entre el público asistente a la presentación, en la librería Rosario Castellanos del Fondo de Cultura Económica, estaban la viuda de Paz, Marie-Jo, el poeta Ramón Xirau, el arquitecto Teodoro González de León, la fotógrafa Paulina Lavista y el director del FCE, Joaquín Díez-Canedo.

José de la Colina habló como veterano de Plural Vuelta, lo hizo con nostalgia porque, se lamentó, ya no hay pelea cultural, las revistas que se les oponían, en particular Nexos, terminaron por adoptar las mismas posiciones que atacaban en Paz y quienes trabajaban con él.

"Desearía que ahora los que estamos cerca de la revista Letras Libres, y lo digo sinceramente Krauze, fueran atacados como fuimos nosotros. Ya no hay medios enemigos, ya no hay grandes enemigos", dijo.

De la Colina cifró la importancia de las revistas en "discutir la cultura como una política y la política como una cultura". Introdujeron, añadió, una verdadera discusión en las "aguas estancadas del marxismo egoísta".

"De manera que la izquierda instituida mexicana debía agradecer a Octavio Paz que la hiciera vivir un poco; de hecho, durante un tiempo existió solo tratando de hundir a Paz y batallando con él", añadió De la Colina.

El crítico literario Christopher Domínguez Michael recordó la revista como a un grupo al que le gustaba la idea de tribuna como un lugar desde el cual hacer la guerra. "Pero no éramos tan virulentos como creíamos", atajó.

Malva Flores dijo que Viaje de Vuelta quiso ser un "álbum de estampas de la trayectoria de una revista extraordinaria" y una invitación para volver a las revistas. "Eso permitiría que se renovara esa conversación".

Alaba Krauze 'biografía'

El historiador Enrique Krauze alabó ayer la publicación de Viaje de Vuelta, de Malva Flores, que definió como un ejemplo de cómo escribir la biografía de una revista, aunque sugirió al FCE que en futuras ediciones se incluya un índice onomástico y aconsejó a su autora ampliar la contribución de Gabriel Zaid en la empresa.

En el caso de Plural en la cultura literaria y política latinoamericana, de John King, Krauze comentó que si bien se trata de un trabajo académico serio que recoge los tres aspectos fundamentales de la revista: la crítica cultural, la crítica política y la creación literaria, es más una crónica que un análisis crítico.

"Es un panorama sólido, escrito con precisión pero sin emoción", aseguró.








Otras notas de la presentación, aquí.

lunes, 19 de marzo de 2012

Plural y Vuelta

"Para Vuelta, los lectores no fuimos consumidores, sino ciudadanos. La vocación minoritaria de sus miembros no respondió a un afán 'elitista', en términos de clase, sino a la convicción de que el artista, el rebelde, el crítico, no podían ser productos de maquila. Su intransigencia política o literaria apuntó más bien al reconocimiento del individuo, de su capacidad para admirar el mundo y para criticarlo desde una postura independiente, discrepando de la unanimidad."



jueves, 12 de enero de 2012

Valor civil (abandonar la fila)

Cuando llegué a la fila, a las siete de la mañana, ya se habían reunido todos los signos que en cualquier película de desastres aéreos que se respete profetizan el error de abordar un vuelo con rumbo del desastre: la presencia de una monja, moscas, una embarazada, una pareja feliz, varios niños berreando y un equipo de lo que sea (basquetbolistas, feministas en tránsito a un congreso “de género”, adoradores del Dalai Lama, escritores, etcétera), son el anuncio de la calamidad que vendrá. En mi fila había dos monjas (o sucedáneos) que tejían; la primera, una bufanda azul maya con estambre El Gato; la segunda, un intrincado rosario hecho con nudos. La ojerosa embarazada, a mi lado, deseaba cubrir los estragos del paño con un maquillaje cuyo color revelaba la distancia profunda que existe entre el modelo y el ideal. Formábamos el equipo los 101 ciudadanos antes que yo, yo misma y la legión que poco a poco se fue formando en la fila cuyo propósito era que un dios ciego y sordo nos reconociera como nosotros mismos. Es decir: yo soy yo y, por favor, acredítelo. Las moscas llegaron poco después, acompañando un puesto de fritangas que convenientemente se instaló cerca de la fila. Las aladas pronto tuvieron compañía cuando llegó el camión de la basura y me felicité en ese momento por haber huido de la ciudad de México que, según los noticieros, estaba sumida, gracias a la previsión de sus gobernantes, bajo toneladas de basura. Pero una fila convoca toda clase de pensamientos absurdos (o no tanto) y muy pronto cierto terror se apoderó de mí: éramos el blanco perfecto para una ráfaga de “Cuernos de Chivo”.

Yo veía todo desde una sillita portátil. No me volvería a ocurrir. Hace seis años permanecí de pie cerca de cinco horas, bajo un sol inclemente, en otra fila dispuesta para que los recién llegados a provincia pudiéramos votar en una de las dos casillas que la ciudad dispuso para los fuereños. Las elecciones del 2006 habían dividido y acabado con mi familia. Con el propósito de reunirla en un odio común, decidí aquel verano votar por el PRI, a pesar de haberlo hecho siempre por el PRD. Pero nadie votó, porque cuando faltaban 12 personas para entrar a las urnas, Emiliano, que tenía apenas dos años y medio, empezó a vomitar como una fuente y debimos abandonar la olorosa fila frente a los ojos rencorosos de la ciudadanía que debió cargar con la peste. Ese mismo día comprendí que la decisión de Emiliano había sido la más sensata y había evitado, a los integrantes de mi familia, la vergüenza de nuestra elección.

A las siete de la mañana cualquier fila ofrece un espectáculo deprimente. Todos los allí formados vestían de color oscuro. Por eso destacaban dos personajes curiosos: un muchacho que combinaba el horror de sus Crogs rosa mexicano con una gorra donde venían estampados los símbolos del ascenso y caída de nuestra dolida civilización: en la visera, la imagen de la Guadalupana; en la gorra, el escudo de la Selección Mexicana de Futbol, ambos bordados primorosamente, lo juro, en chaquira y lentejuela, como la china poblana. Lo más singular del joven era su voz, que cada cinco minutos repetía, en el infaltable celular, “vale verga”. El otro personaje raro era una muchacha que con brevísima minifalda amarilla, besaba apasionadamente a su novio, del que nunca pude conocer el rostro. A las 10 de la mañana, mientras sudaba a causa de mi chamarra con forro de falso borrego, pensé que al menos era lindo vivir en una “entidad” donde no está prohibido besarse a placer, en plena calle, y mostrar las piernas a cualquier hora del día.

“Hace falta valor civil, para seguir aquí”, dijo una señora, al cuarto para las once. Para mí, “valor civil” está ligado axiomáticamente a la voz de mi madre: “Ten el valor civil de reconocer que mentiste” o “ten el valor civil de admitir que te comiste el postre, que manchaste la blusa de tu hermana, que viste feo a la maestra…”. Valor civil es, para mí, algo parecido a esa parte del “Credo”, cuando uno se da golpes en el pecho mientras murmura contrito: “por mi culpa, por mi culpa, por mi grande culpa”. Si yo hubiera sido una ciudadana ejemplar, no habría esperado a la última semana para hacer el trámite y hoy debía tener el valor civil de reconocerlo: por mi culpa, por mi grande culpa. Eso pensaba cuando llegué, por fin, al primero de los tres “retenes”, donde los empleados revisaban si el ciudadano traía todos los documentos en regla. El muchacho de los Crogs fue eliminado y se fue gritando su consigna. Yo estaba aterrada: la voracidad de mi gato acabó con una esquina de mi única acta de nacimiento original. Pasé, y gracias a mi temprana euforia pude advertir que junto al letrero que decía “Módulo de atención ciudadana”, había otro, igual de grande, que en letras negras y rojas señalaba: “Prohibida la entrada a VENDEDORES AMBULANTES, ADIVINADORES (ofrecer lectura de mano). Cualquier persona que sea sorprendida será consignada ante las autoridades”. Entonces avanzó la fila y pude finalmente entrar a la horrenda construcción cuyo arquitecto supuso que emulaba Teotihuacán. En el pasillo anterior al segundo retén (donde revisaban lo mismo), estaban acomodadas varias mesas de libros a la venta: la obra completa de Paulo Cohelo, las aventuras del niño mago, una versión Anime de El arte de la guerra y El libro de la selva (“en sólo 25 páginas!”, decía la orgullosa portada); La filosofía del Dr. House; Las mujeres que aman demasiado; Humano, demasiado humano; Historia de mis putas tristes, El miedo a la libertad y muchos libros de Deepak Chopra, uno de los cuales advertía en su contraportada: “Si supieras que los milagros pueden ocurrir, ¿cuáles pedirías?”. Yo pensé que definitivamente había errado mi vocación y —recordando que al poeta Joseph Brodsky lo habían sentenciado a prisión porque los fiscales soviéticos consideraron que la suya era una “vocación socialmente parásita”— consideré que era ya un milagro no compartir con los ambulantes y los adivinadores el cartel de la entrada. “Qué estúpida pretensión”, me reconvine inmediatamente.

Dos horas más tarde, y una vez revisada nuevamente mi documentación, pasé a que me tomaran la foto y debí esperar una hora más a que “escanearan” mis documentos. Salí con el alma inflamada de nacionalismo, con un papelito que me augura que el 9 de febrero deberé pasar por un nuevo tormento para al fin tener la preciada Credencial de Elector. Con ella en la mano estaré segura de que ese dios sabe que yo soy yo; que tendré la oportunidad de elegir a uno de sus feligreses quien, como él, ni me vea ni me oiga; pero también podré hacer otro trámite para sacar mi pasaporte, abandonar definitivamente la fila y buscar un paraíso donde nadie me exija que demuestre que yo soy yo y los adivinos tengan futuro. Pero ese paraíso no existe.

Por mi culpa, por mi culpa, por mi grande culpa.

lunes, 7 de noviembre de 2011

Tomás Segovia, el "familar del mundo"

Hace un año Tomás Segovia (1927-2011) vino a Xalapa y tuve la fortuna de presentarlo aunque, en realidad, no era necesario. Reproduzco, a modo de homenaje, las palabras de aquel día.

Tomás Segovia es “el familiar del mundo”. Me parece que esta frase con la que Guillermo Sucre definió a Segovia en la ya lejana década de los ochenta aún sigue vigente. Pocos, realmente muy pocos son los poetas que, como él, vivieron de cerca y fueron protagonistas de una de las etapas más intensas y fructíferas de la poesía mexicana, esa que en la segunda mitad del siglo XX nos legó un cúmulo de nombres y obras hoy imprescindibles. En su lugar, parece obvio que cualquiera se dedicaría a cultivar un jardín complaciente, pero no él: Tomás Segovia ha tenido siempre una conciencia obstinada del tiempo y las circunstancias que le han tocado vivir. Por eso, no es nada más el autor de Anagnórisis o Casa del nómada: se le conoce no sólo como un crítico y polemista literario (los tomos de sus Ensayos junto con Poética y profética lo atestiguan) sino también como un intelectual con un profundo sentido ético.

Como cualquiera puede comprobar, Tomás Segovia insiste en su diálogo vivo y a veces conflictivo con la realidad: un vínculo tan puesto al día que no duda en recurrir a la red con esa naturalidad de la que sólo él es capaz. Así, su sitio en Internet se llama simplemente: El blog de Tomás. En las últimas entradas pueden leerse, por ejemplo, un comentario sobre los historiadores y la democracia en nuestro país tanto como un adelanto de sus “cuadernos de notas” (no Diario, aclara), en donde el poeta ha ido registrando el cauce de su pensamiento contrastado siempre con el ruido de afuera, reflexionando sobre las formas de la poesía más reciente o sobre el lugar de la poesía en el mundo actual: una constante en muchos de sus ensayos: “La poesía, dice Segovia, está fuera de lugar porque da fe de que el origen está perdido y es nostalgia del origen, pero en la globalización el origen no está perdido, sino borrado, oprimido y culpabilizado. La globalización no es ni lugar, ni nostalgia del lugar, ni mirada exterior que da sentido al lugar.” Lo cierto es que la poesía de Segovia, ávida de realidad, de música y de cuerpo, consigue hacernos visible el lugar verdadero, es decir, nos esclarece el mundo, le da sentido.

No es raro que un poeta que ha hecho de la errancia una metáfora de su condición –y aún de su elección– nos hable de nostalgia del origen... Pero decir exilio, para él, no es sólo hablar de una historia personal sino también de un destino que asume la vocación del nómada, buscando refundar el mundo donde haya lugar.

Tomás Segovia nació en Valencia en 1927 y al comienzo de la Guerra Civil emigró a Francia, desde donde viajó a Marruecos y después a México, lugar de adopción en el que vivió la mayor parte de su vida, hasta que volvió a España. En nuestro país y junto con Carlos Fuentes, dirigió la Revista Mexicana de Literatura. Más tarde, fue secretario de redacción de Plural, dirigida entonces por Octavio Paz. Asimismo, fue fundador y miembro de la revista Vuelta. En México se formó y escribió gran parte de su obra, la que se despliega en terrenos tan variados como el guión cinematográfico y la investigación lingüística; la narrativa, la traducción y la edición, para desembocar en lo que define como su pasión irrenunciable: la poesía. En 1998 el Fondo de Cultura Económica reunió sus libros de poemas bajo el título general de Poesía, 1943-1997, summa que es ya un clásico de nuestras letras y al que le han seguido otros títulos al paso de los años. De una u otra forma, en estos libros habla la voz del “familiar del mundo” (el errante por biografía y por vocación), pero también habla la voz de una memoria, la huella de un origen quizá más mítico que individual o anecdótico.

Para mi generación, como para tantas otras, la figura de Tomás Segovia es una presencia tutelar, es una casa en su más amplia acepción. Lo hemos leído, lo hemos discutido y no pocos lo hemos plagiado. El azar ahora me procura la fortuna de ofrecerle disculpas. Sólo después de tener en mis manos un libro que escribí bajo el que yo pensaba prístino título de Casa nómada, pude darme cuenta de una devoción que se cumple más allá de los nombres, pero también leí mi descarado plagio.

Hace cincuenta años Tomás Segovia publicó en la Universidad Veracruzana El sol y su eco. Esta casa editorial hoy lo recibe con el enorme gusto de quien mira volver a uno de sus hijos. “La travesía vuelve siempre a Ítaca”, ha escrito Segovia. “Todo es Ítaca, todo es el presente/ detrás de la memoria”. Con la lectura de estos versos quiero concluir para decirte las palabras que en tantos sitios y tiempos has oído: Tomás, bienvenido a tu casa.